01Si mi esterilla pudiera contar mis viajes…
Una historia contada desde un espacio de apenas dos metros: los lugares, los cuerpos y las mujeres que he ido siendo.
Leer el artículoTextos sobre yoga, movimiento, decisiones y la forma en que habitamos el cuerpo.
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Viajes, naturaleza y una esterilla como forma de volver a una misma.
01Una historia contada desde un espacio de apenas dos metros: los lugares, los cuerpos y las mujeres que he ido siendo.
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02Amar no es cargar con la vida del otro. Es encontrarse con uno mismo para poder compartir el camino.
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03Vivir mejor no consiste en tener un mapa perfecto, sino en aprender a leer la realidad y adaptarnos al camino que realmente existe.
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04Hay viajes que nos llevan a lugares nuevos y otros que, respiración a respiración, nos devuelven a nuestra verdadera esencia.
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05Respirar con más calma, comprender el cuerpo y recuperar equilibrio, movilidad y confianza en cualquier etapa de la vida.
Leer el artículoUna práctica que escucha cuerpos reales, sus límites, su historia y sus posibilidades.
01Escuchar una sensación no es lo mismo que saber interpretarla. Entre ignorarla y convertirla en amenaza existe el criterio.
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02Dos cuerpos pueden reproducir casi la misma forma y estar viviendo experiencias completamente distintas.
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03Un apoyo no revela necesariamente la incapacidad de un cuerpo. Puede revelar la inteligencia de una práctica.
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04La pregunta no es si un cuerpo puede hacer yoga, sino si nuestra manera de enseñar sabe recibirlo.
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05Una buena planificación prepara la clase. Pero una buena observación permite enseñarla.
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06Adaptar no significa rebajar la práctica ni hacerla menos rigurosa. Significa hacerla más inteligente.
Leer el artículoBiomecánica, atención, prevención y formas más inteligentes de habitar el cuerpo.
01El cuerpo como un territorio atravesado por cinco grandes direcciones de movimiento: los Vayus.
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02Los Bandhas proponen contener, dirigir y transformar el movimiento interno sin añadir una sola gota de fuerza.
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03Hemos convertido el bienestar en una nueva forma de rendimiento. Tal vez cuidarse también sea saber estar cuando la vida no está bien.
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04Mientras enseñamos a las máquinas a conocernos, ¿estamos aprendiendo nosotros a conocernos mejor?
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05No siempre necesitamos practicar aquello que coincide con nosotros. A veces necesitamos su contrario.
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06Hemos llevado la cultura de la productividad hasta el descanso. Quizá parar sea dejar de sentir que tenemos que llegar a algún sitio.
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07El cuerpo rara vez empieza gritando. La prevención comienza cuando recuperamos la capacidad de escucharlo mientras todavía habla en voz baja.
Leer el artículoHistorias, lecturas y preguntas sobre el cambio, el equilibrio y la vida que construimos.
01A veces lo extraordinario no pierde su valor: simplemente se vuelve cotidiano y dejamos de prestarle atención.
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02Un homenaje a Eladia Martínez, la maestra que me enseñó a mirar una postura y también mucho más lejos.
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03Una historia sobre aquello que nos retiene cuando perder parece más difícil que permanecer atrapados.
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04Cuando lo que se mueve no es el cuerpo, sino la tranquilidad, las cuentas y los planes, comienza otra práctica.
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05A veces basta una página de nuestra historia para que alguien crea haber leído el libro entero.
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06Una reflexión inspirada por El monje que vendió su Ferrari sobre el equilibrio, la serenidad y el verdadero sentido del éxito.
Leer el artículoEl camino real de una startup de bienestar femenino: ideas, encuentros, dudas y aprendizajes.
01NOVYWA nace para investigar cómo ayudar a las mujeres a tomar mejores decisiones sobre su bienestar mediante ciencia, tecnología e inteligencia artificial.
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02Alhambra Venture: un encuentro para validar ideas, escuchar nuevas perspectivas y continuar construyendo NOVYWA sobre una base sólida.
Leer el artículoUna enseñanza en continua construcción al servicio de las personas que confían en mí.
01Una formación de 150 horas en cadenas musculares y emociones que amplía mi comprensión del cuerpo y enriquece mi trabajo como profesora de yoga.
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LO QUE NOS MUEVE · 2
Hay personas que pasan por tu vida y personas que cambian la dirección de tu vida.
Mucho antes de llegar a India, alguien ya me había llevado hasta allí. Hay maestros que siguen enseñándote cuando ya no están.
Agosto siempre me devuelve a Eladia Martínez, mi primera profesora de yoga. Fue una de las pioneras en introducir y enseñar el método Iyengar en Granada, y cantante de mantras desde Yoga Estudio, en el Callejón de Pavaneras. Tuve la suerte de aprender con ella durante más de diez años.
La recuerdo menuda, ágil, exigente y con una luz especial. Sus clases eran estrictas, pero quienes practicábamos con ella coincidíamos en algo: no había una clase de Eladia de la que salieras sin haber aprendido algo importante. A veces sobre un asana. Otras, sobre ti.
En agosto de 2019, Eladia emprendió su mahāprasthāna, su gran viaje. Han pasado siete años y todavía, en mitad de mi práctica, aparece alguna de sus indicaciones.
Después llegaron otros maestros, otras formaciones y mi propia manera de enseñar. Y llegó también India. Años después cumplí aquel sueño y viajé allí. Desde 2023, mi práctica continúa vinculada a profesores de Rishikesh.
Un gran maestro no solo transmite conocimientos. Te enseña a mirar.
Eladia me enseñó a mirar un pie, una rodilla, una postura. Pero también hizo que mirara hasta India.
Gracias, Eladia. Tu enseñanza permanece. Shanti. 🙏

LO QUE NOS MUEVE · 1
Cierra el puño. Ahora observa todo lo que se tensa.
Haz la prueba. Cierra una mano y aprieta con fuerza durante unos segundos. Al principio parece que el gesto ocurre solamente en los dedos. Pero, si mantienes la tensión, pronto empieza a subir: el antebrazo se endurece, el hombro participa y quizá hasta la respiración cambia.
Todo el cuerpo comienza a pagar el esfuerzo de una mano que no se abre. Ahora suelta. El alivio es inmediato.
Después de muchos años trabajando con el cuerpo, hay algo que compruebo una y otra vez: una tensión rara vez permanece en el lugar donde comenzó. Y con la vida puede suceder lo mismo.
Existe una conocida historia en la que se colocan cacahuetes dentro de un coco con una abertura estrecha. Un mono introduce la mano abierta, los agarra y cierra el puño. Cuando intenta sacarla, no puede. La abertura nunca lo atrapó. Lo atrapó aquello que no estaba dispuesto a soltar.
Desde fuera resulta incomprensible. Hasta que dejamos de mirar al mono y pensamos en todo aquello que nosotros seguimos apretando: un trabajo, una relación, un proyecto o incluso una versión de nosotros mismos que hace tiempo dejó de representarnos.
La economía conductual ha estudiado bien este mecanismo. El efecto dotación hace que valoremos más algo simplemente porque ya es nuestro, y la aversión a la pérdida provoca que nos duela más perder que la satisfacción que nos produce una ganancia equivalente.
¿Qué más se está tensando en mi vida para que yo pueda seguir sujetando esto?
Soltar no siempre significa rendirse, fracasar o dejar de luchar. A veces significa devolverle el movimiento a la mano.
Y la libertad a la vida. ¿Qué te cuesta más: soltarlo o seguir sujetándolo?

LO QUE NOS MUEVE · 3
7:51 de la mañana. Hora punta en Washington.
Un hombre vestido con vaqueros, camiseta y gorra se coloca junto a una pared del metro. Abre el estuche de su violín y empieza a tocar.
Durante 43 minutos pasan frente a él 1.097 personas. Solo siete se detienen durante al menos un minuto. Al terminar, ha recogido poco más de 32 dólares.
Podría ser la mañana de cualquier músico callejero. Pero no lo era.
El hombre era Joshua Bell, uno de los violinistas más reconocidos de su generación. El violín era un Stradivarius.
Y tres días antes, Bell había llenado el Symphony Hall de Boston, donde algunas entradas costaban alrededor de 100 dólares.
El músico era el mismo. El violín era el mismo. El talento era el mismo.
Lo que había desaparecido era el escenario.
Y eso cambia mucho más de lo que nos gusta admitir.
Porque no valoramos únicamente lo que tenemos delante. También influye todo lo que sabemos sobre ello: quién lo firma, dónde aparece, qué prestigio tiene o cuánto cuesta.
Necesitamos esas referencias. Nos ayudan a orientarnos en un mundo en el que sería imposible comprobar personalmente el valor de todo.
El problema aparece cuando la referencia empieza a sustituir al criterio.
Una idea puede parecernos mejor después de saber quién la firma. Una opinión puede adquirir más peso cuando conocemos el cargo de quien la pronuncia. Y un objeto puede resultarnos más deseable simplemente después de descubrir su precio.
Pero hay otra lectura de esta historia que me interesa todavía más.
El contexto puede hacer que prestemos atención a algo porque sabemos que es extraordinario. Y también puede hacer exactamente lo contrario: que dejemos de percibir lo extraordinario cuando se convierte en cotidiano.
Nos acostumbramos a lo que tenemos cerca. A determinadas personas, a ciertas capacidades, a nuestro propio cuerpo cuando responde, a pequeñas libertades que parecen tan normales que dejamos de considerarlas valiosas.
Hasta que algo cambia.
Y entonces sucede algo curioso: aquello que estaba delante de nosotros todo el tiempo parece adquirir de repente otro valor.
Pero quizá su valor nunca cambió. Lo que cambió fue nuestra mirada.
Por eso la pregunta que me deja la historia de Joshua Bell no es si yo me habría detenido aquella mañana en el metro. No lo sé.
¿Qué hay hoy en mi vida que quizá estoy dejando de ver simplemente porque siempre está ahí?
Tal vez algunas cosas no necesiten volverse más importantes. Necesiten que volvamos a prestarles atención.
YOGA EN RUTA
Ella no tiene pasaporte, pero podría contar mis viajes mejor que yo.
Si pudiera hablar, probablemente no recordaría países, ciudades ni monumentos. Los recordaría de otra manera.
Recordaría aquel lugar al que llegué agotada y solo pude respirar durante unos minutos. El día en que el viento convirtió una postura sencilla en todo un desafío. La mañana en la que el cuerpo estaba ligero y otras en las que, después de muchas horas de camino, apenas quería moverse.
También recordaría el mar, no por su color, sino por cómo cambió mi respiración. Y las montañas, no por su altura, sino por el silencio que dejaron dentro de mí.
Porque solemos contar los viajes por lo que hemos visto, pero mi esterilla podría contarlos por cómo llegué a cada lugar.
Ha conocido mi energía, mi cansancio, mis límites y mis cambios. Sabe que no siempre he practicado igual y que tampoco he sido la misma mujer en todos esos viajes.
Algunas veces la práctica fue larga y fluida. Otras, unas pocas asanas fueron suficientes. Nunca se trató de cumplir, sino de escuchar qué necesitaba el cuerpo que había llegado hasta allí.
Al mirar este vídeo ya no veo solamente posturas realizadas en paisajes diferentes. Veo una parte de mi historia contada desde un espacio de apenas dos metros.
Durante años pensé que mi esterilla era una compañera de viaje. Ahora creo que también ha sido testigo de algo más: de todas las mujeres que he ido siendo mientras recorría el mundo.
Quizá por eso siempre vuelve a entrar en mi equipaje.
No me recuerda únicamente dónde he estado. Me recuerda quién era, cómo llegué y en quién me estaba convirtiendo.

EL YOGA SE ADAPTA · 6
«Mi cuerpo llevaba tiempo avisándome y yo no quise escucharlo».
Lo he oído muchas veces. Y parece tener todo el sentido. Hasta que hacemos una pregunta incómoda: ¿y si el cuerpo no estaba avisando de nada?
Percibimos tensión, fatiga, esfuerzo, dolor, alivio. Pero ninguna de esas sensaciones viene acompañada de una explicación. La interpretación la hacemos nosotros. Y ahí empieza la parte verdaderamente interesante.
En yoga repetimos mucho: «Escucha tu cuerpo». Es una buena invitación. Pero se queda corta. Porque escuchar no es lo mismo que saber interpretar.
Una molestia puede invitarnos a modificar una postura. El esfuerzo puede formar parte perfectamente de una práctica. Un dolor puede requerir que nos detengamos. Y una sensación que no comprendemos puede necesitar algo más sensato que una conclusión rápida: observar, dar tiempo o consultar a otro profesional.
Por eso cada vez me interesa menos preguntar únicamente «¿qué sientes?» y más: ¿qué ocurre cuando cambias algo, reduces el recorrido, modificas el apoyo, disminuyes la intensidad o paras? Y también cuando han pasado unas horas.
La respuesta aporta información. No un diagnóstico. Información. Y con ella podemos decidir mejor.
Hay dos errores que se parecen muy poco, pero nacen del mismo problema: ignorar una sensación porque todavía podemos continuar o convertir cada sensación en una amenaza.
Entre ambos existe un lugar bastante más inteligente: el criterio.
No hacer del dolor una prueba de carácter. No hacer de la incomodidad una lesión. No diagnosticar desde una esterilla lo que no nos corresponde diagnosticar. Y no confundir adaptar con retroceder.
Quizá ahí empiece una práctica realmente madura: cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos soportar y empezamos a preguntarnos qué información tenemos delante.
El cuerpo susurró antes de gritar. Quizá sí. Quizá no. Porque el cuerpo no siempre avisa y nosotros no siempre sabemos interpretar lo que sentimos.
Pero podemos aprender algo mucho más útil que intentar adivinarlo: observar sin ignorar, adaptar sin dramatizar y pedir ayuda sin convertirlo en un fracaso.
Eso también es autonomía. Y, para mí, también es yoga. La postura muestra un instante; la relación con el cuerpo transforma una vida.

¿Y AHORA QUÉ?
Curiosamente, cuando vi las primeras grietas no pensé en yoga. Pensé en dinero.
En cuánto podía costar aquello. En si habría más daños de los que estaba viendo. En seguros, peritos, reparaciones. En mis planes. Y en esa frase tan poco profunda y tan humana que aparece cuando la vida coloca delante algo que no esperabas: «Esto ahora me viene fatal».
Granada lleva varias semanas temblando. Y uno de esos terremotos ha dejado grietas y fisuras en un inmueble de mi propiedad. Espero que nada grave. Pero sí lo suficiente para alterar esa pequeña arquitectura que construimos para sentir que tenemos nuestra vida más o menos organizada.
Entonces empieza otra clase de movimiento: revisar daños, esperar valoraciones, hacer llamadas, entender qué cubre un seguro, hacer números, volver a hacerlos y asumir que algunos planes quizá tengan que moverse también.
Fue entonces cuando pensé en el yoga. Llevo muchos años hablando de respirar cuando aparece la incomodidad, de no forzar, de observar antes de reaccionar, de aceptar que las circunstancias cambian y de adaptarnos cuando aquello que teníamos previsto deja de ser posible.
Muy bien, María Eugenia. Ahora sin esterilla.
Porque la paciencia se entiende de otra manera cuando quien tiene que esperar eres tú. La aceptación cambia cuando aquello que tienes que aceptar afecta a tu bolsillo. Y el equilibrio adquiere otro significado cuando lo que se mueve no es tu cuerpo. Es tu tranquilidad. Tus cuentas. Tus planes.
Todavía no sé exactamente cuánto habrá que reparar ni cómo terminará todo. Y ahí estoy descubriendo quizá la parte más difícil para mí: no saber.
No adelantar problemas que todavía no existen. No hacer veinte veces las mismas cuentas buscando una certeza que aún no puedo tener. No intentar solucionar hoy lo que solo podré resolver cuando tenga toda la información.
Así que estos días mi práctica es bastante menos sofisticada: ocúpate de lo que sabes. No inventes lo que todavía no sabes. Y mañana seguimos.
No sé si eso aparece en algún manual de yoga. Pero a mí, ahora mismo, me está sirviendo.
Durante años he practicado el equilibrio intentando permanecer estable mientras mi cuerpo se movía. Nunca imaginé que algún día sería la tierra la que me obligaría a practicarlo. Esta vez no estoy intentando mantener una postura. Estoy intentando mantener mi centro.

EL YOGA SE ADAPTA · 5
Hay algo inquietante en una postura perfecta.
La miramos y todo parece estar en su sitio. La geometría es precisa, el cuerpo responde, la imagen resulta impecable.
Pero basta dejar de mirar la postura y empezar a mirar a la persona que está dentro de ella para que la idea de perfección empiece a complicarse.
Porque ningún cuerpo llega vacío a una esterilla. Llega con su estructura, su historia, sus hábitos, sus límites, su fuerza, sus miedos. Llega con una respiración que cambia y con un cuerpo que tampoco es exactamente el mismo que ayer.
Y ahí aparece una pregunta que me interesa mucho más que hasta dónde puede llegar una postura: ¿qué está ocurriendo dentro mientras la hacemos?
Dos cuerpos pueden reproducir casi la misma forma y estar viviendo experiencias completamente distintas. Uno puede necesitar avanzar unos centímetros. Otro, precisamente, dejar de avanzar. Uno puede encontrar estabilidad permaneciendo. Otro puede encontrarla saliendo.
Y una silla, una pared o un soporte pueden no estar facilitando la postura, sino haciéndola más inteligente.
Porque adaptar no consiste en fabricar una versión menor del asana. Consiste en comprender qué buscamos con ella y encontrar la manera de que ese propósito tenga sentido en el cuerpo que tenemos delante.
El cuerpo no está al servicio de la postura. La postura está al servicio de la persona.
La técnica importa. La alineación importa. La forma también. Pero ninguna debería hacernos olvidar algo esencial.
Quizá por eso, cuanto más observo cuerpos practicando yoga, menos me interesa la perfección de una postura.
Me interesa algo bastante más difícil: la inteligencia con la que una persona decide habitarla.

EL YOGA SE ADAPTA · 4
En muchas salas de yoga hay una silla esperando en un rincón.
Suele aparecer cuando alguien no puede sentarse en el suelo, arrodillarse o mantener el equilibrio. Y todavía parece que utilizarla significa hacer una versión más fácil.
Pero imaginemos una postura de pie. Sin apoyo, una persona dedica toda su atención a no caer. Contiene la respiración, endurece el cuerpo y resiste.
Acercamos una silla. Apoya suavemente una mano. La respiración reaparece. Puede distribuir mejor el peso, reconocer qué músculos necesita activar y explorar el equilibrio con más confianza.
¿Hemos rebajado la práctica? ¿O hemos creado las condiciones para que exista aprendizaje?
Adaptar no significa eliminar la dificultad. Significa elegir qué dificultad tiene sentido.
Una herramienta no revela necesariamente la incapacidad de un cuerpo. Puede revelar la inteligencia de una práctica.
La silla no hizo el yoga más pequeño. Amplió el espacio en el que el yoga podía suceder.

EL MAPA INVISIBLE DEL YOGA · 1
Acércate. Tu cuerpo también tiene norte y sur.
Tiene corrientes que ascienden. Fuerzas que descienden. Un centro hacia el que regresar. Una periferia que se expande. Tiene mareas.
Y quizá una de las imágenes más hermosas que nos dejó la tradición del yoga sea precisamente esta: el cuerpo como un territorio atravesado por vientos.
Los llamó Vayus. Vayu significa viento. Y la elección de esa palabra siempre me ha parecido extraordinaria. Porque el viento no se ve. Se reconoce por lo que mueve.
Así imaginó el yoga cinco grandes direcciones recorriendo nuestro interior.
Prana recibe. El movimiento viene hacia nosotros.
Apana desciende. Vacía. Suelta. Devuelve a la tierra.
Samana reúne. Lleva hacia el centro aquello que necesita ser transformado.
Udana asciende. Busca verticalidad, voz, expresión.
Vyana se expande. Viaja desde el centro hacia la periferia hasta alcanzar el territorio entero.
Y de pronto aparece otra manera de mirar el cuerpo. La pelvis puede ser tierra. El abdomen, un lugar de transformación. El pecho, espacio. La garganta, una puerta. La piel, el lugar donde nuestro territorio termina y comienza el mundo.
No es anatomía. Es otra cartografía.
Una forma antigua de representar algo que la experiencia corporal sigue mostrándonos: estar vivos significa estar continuamente cambiando de dirección. Recibimos y soltamos. Nos expandimos y nos recogemos. Ascendemos y necesitamos volver a tierra. Vamos hacia fuera y regresamos al centro.
Por eso quizá no exista una única dirección correcta. Hay momentos para abrir y otros para recogerse. Momentos para elevarse y otros en los que lo más inteligente es descender.
Esto cambia profundamente mi manera de entender la práctica. Porque entonces una postura deja de ser solamente una forma que alcanzar. Y respirar deja de ser solamente mover aire. La práctica empieza a parecerse más a aprender a orientarse.
¿Dónde estoy? ¿Qué se ha dispersado? ¿Qué necesita espacio? ¿Qué necesito soltar? ¿Hacia dónde necesita moverse hoy este cuerpo?
Después de muchos años en la enseñanza del yoga, cada vez me interesa menos llevar un cuerpo hacia una forma predeterminada. Me interesa mucho más ayudar a que aprenda a leer su propia geografía y reconocer hacia dónde está soplando el viento.

EL MAPA INVISIBLE DEL YOGA · 2
Parece una mala idea.
Si quieres que algo circule, lo lógico sería abrir.
El yoga hizo lo contrario. Cerró.
Una puerta en la base. Otra en el abdomen. Otra en la garganta.
Y las llamó Bandhas: Mula, Uddiyana y Jalandhara.
Pero aquí viene lo extraño: el objetivo nunca fue encerrar nada.
Imagina una manguera. El agua sale. Ahora estrecha ligeramente la salida con un dedo.
No has añadido una sola gota. Y, sin embargo, algo cambia. La misma agua llega más lejos.
Esa es una manera sencilla de acercarnos a la lógica de los Bandhas: contener, dirigir y transformar el movimiento interno durante determinadas prácticas del yoga.
Y esto siempre me ha parecido fascinante.
Vivimos rodeados de mensajes que dicen: abre, suelta, deja ir, libera.
El yoga añadió otra posibilidad: aprende también a contener.
Porque no todo necesita salir inmediatamente. No toda fuerza necesita dispersarse. Y no toda puerta cerrada significa que estemos atrapados.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Cierras tres puertas… y descubres cuánto se estaba escapando por ellas.

YOGA Y VIDA
Nos estamos cansando hasta de cuidarnos.
Dormir bien. Moverse. Meditar. Desconectar. Y, por supuesto, hacerlo todo con constancia.
Hay algo paradójico en nuestro tiempo: hemos convertido el bienestar en una nueva forma de rendimiento. Hasta descansar parece necesitar un objetivo.
Dormimos para ser más productivos. Meditamos para concentrarnos mejor. Respiramos para controlar el estrés. Practicamos yoga para mejorar movilidad, fuerza, sueño, longevidad… Todo tiene que producir un resultado.
Y entonces pensé en Ramiro Calle. Más de seis décadas dedicado al yoga y a la meditación y una idea atraviesa buena parte de su trabajo: el yoga como vía de atención y conocimiento interior, no simplemente como una colección de resultados que conseguir.
Quizá ahí exista una conversación muy actual. Porque hemos aprendido a preguntarnos constantemente «¿qué puedo hacer para estar mejor?», pero bastante menos «¿puedo estar con lo que hay cuando no estoy bien?».
Una pregunta busca inmediatamente una solución. La otra exige presencia.
Y tal vez necesitemos ambas. Cuidarnos también es actuar, cambiar hábitos, pedir ayuda, entrenar, descansar y utilizar todo el conocimiento que hoy tenemos a nuestro alcance.
Pero hay experiencias humanas que no se resuelven optimizándolas: el paso del tiempo, la incertidumbre, una pérdida, un día malo, un cuerpo que cambia, una decisión que todavía no sabemos tomar.
Hay momentos en los que no necesitamos convertirnos inmediatamente en nuestra «mejor versión». Necesitamos poder habitar la versión que somos hoy.
Quizá por eso me sigue interesando el yoga en pleno 2026. No porque nos prometa escapar de la incomodidad, sino porque puede enseñarnos algo mucho menos vendible y bastante más difícil: permanecer sin huir inmediatamente de ella.
Ramiro Calle pertenece a una generación que empezó a hablar de estas cuestiones mucho antes de que utilizáramos palabras como wellness, biohacking u optimización personal. Y quizá sea precisamente ahora, cuando podemos medir, registrar y mejorar casi todo, cuando algunas de esas enseñanzas resultan especialmente actuales.
Cuidar de nosotros mismos es importante. Pero convertirnos en un proyecto permanentemente pendiente de mejora también puede agotarnos. Tal vez el bienestar incluya algo más profundo: saber estar también cuando la vida no está bien.

YOGA E INTELIGENCIA ARTIFICIAL
No es una pregunta tan lejana.
Cada día dejamos pequeñas huellas de quiénes somos. Lo que buscamos. Lo que elegimos. Lo que repetimos. Lo que evitamos. Lo que nos interesa. Incluso aquello que todavía no sabemos que nos interesa.
La inteligencia artificial aprende de esos patrones. Y probablemente aprenderá muchísimo más.
Hace unos días recordé una reflexión de Ramiro Calle, después de toda una vida dedicada al yoga y al estudio de la mente: «Parece increíble que estés toda tu vida contigo mismo y sigas siendo un desconocido para ti».
Me parece difícil encontrar una frase más actual. Porque mientras construimos máquinas capaces de aprender sobre nosotros, quizá haya una inteligencia mucho más antigua que seguimos sin desarrollar del todo: la capacidad de observarnos.
Y ahí el yoga adquiere para mí una dimensión completamente diferente. No como una colección de posturas. No como flexibilidad. Ni siquiera únicamente como bienestar. Sino como un entrenamiento de la atención.
Percibir una reacción antes de dejarnos arrastrar por ella. Reconocer cuándo el cuerpo está diciendo basta y cuándo simplemente aparece la resistencia. Observar un pensamiento sin convertirlo inmediatamente en verdad. Descubrir nuestros propios patrones. Conocernos.
La IA puede ayudarnos extraordinariamente. Puede encontrar relaciones que nosotros no vemos, organizar cantidades inmensas de información y ayudarnos a tomar mejores decisiones. No creo que debamos temer esa inteligencia.
Mientras enseñamos a las máquinas a conocernos, ¿estamos aprendiendo nosotros a conocernos mejor?
Quizá por eso una disciplina con miles de años de historia no resulte menos necesaria en la era de la inteligencia artificial. Quizá ocurra exactamente lo contrario.
Porque podremos delegar muchas cosas. Pero conocernos seguirá siendo una tarea que nadie podrá hacer por nosotros.
La inteligencia artificial aprenderá cada vez más sobre nosotros. Ojalá nosotros no dejemos de aprender sobre nosotros mismos.

EL YOGA SE ADAPTA · 3
Hay personas que abandonan el yoga creyendo que el problema es su cuerpo. Y quizá nunca lo fue.
«Soy demasiado rígida». «No tengo equilibrio». «A mi edad ya no puedo». «No consigo hacer lo que hacen los demás».
Después de muchos años enseñando yoga, hay algo que cada vez me interesa menos: hasta dónde llega una persona en una postura.
Y algo que me interesa cada vez más: qué está ocurriendo en ella mientras intenta llegar.
Porque desde fuera podemos ver una postura. Pero no vemos el miedo a caer. Una rodilla que pide otra opción. La respiración que se ha detenido. La inseguridad de quien mira alrededor y piensa que todos pueden menos ella. Ni la historia que ese cuerpo trae consigo.
Entonces aparece una silla. Una pared. Un bloque. Una postura diferente. Y todavía tendemos a llamarlo adaptación, como si estuviéramos ofreciendo una versión menor del yoga.
Adaptar no es hacer menos. Es enseñar mejor.
Es comprender qué queremos trabajar y encontrar una manera responsable de hacerlo con la persona que tenemos delante.
A veces, una mano apoyada en una silla permite dejar de luchar contra el equilibrio y empezar, por fin, a sentir el cuerpo. Y ahí puede estar sucediendo mucho más yoga que en una postura aparentemente perfecta.
Quizá por eso deberíamos dejar de preguntar «¿puede este cuerpo hacer yoga?» y empezar a preguntarnos «¿sabe nuestra manera de enseñar recibir a este cuerpo?».
No existen cuerpos equivocados. Existen cuerpos reales. Con historia. Con límites. Con posibilidades. Y en permanente cambio. El yoga no debería pedirles que sean otros para poder pertenecer. Debería saber encontrarse con ellos allí donde están.

AYURVEDA Y PRÁCTICA CONSCIENTE
Una mujer extiende su esterilla. Tiene tantas ideas que ninguna permanece demasiado tiempo.
Busca una práctica nueva, estimulante, diferente.
Otra mujer despliega la suya. Mide el esfuerzo, corrige cada postura y convierte la práctica en un territorio más donde avanzar.
Una tercera observa la esterilla desde lejos. Sabe que le sentará bien. Solo espera el momento perfecto para empezar.
Podrían parecer tres mujeres. Pero, algunos días, las tres viven en nosotros. La primera necesita raíces. La segunda, espacio. La tercera, impulso.
El Ayurveda llama Vata, Pitta y Kapha a estas fuerzas de la naturaleza. No son etiquetas ni compartimentos cerrados. Son movimientos que cambian dentro de nosotros.
Vata imagina, conecta y crea. Pero, cuando se desborda, puede dispersarnos.
Pitta orienta, transforma y decide. Pero, cuando se intensifica, puede convertir incluso el bienestar en exigencia.
Kapha sostiene, protege y permanece. Pero, cuando se acumula, puede hacer que confundamos la calma con la inmovilidad.
No siempre necesitamos practicar aquello que coincide con nosotros. A veces necesitamos su contrario.
Cuando todo corre, enraizar. Cuando todo exige, suavizar. Cuando todo se detiene, comenzar.
Quizá la práctica más transformadora no sea la que mejor expresa quién eres, sino la que cuida aquello en lo que te estás convirtiendo.
Antes de preguntarte «¿qué me apetece practicar hoy?», prueba con una pregunta diferente: «¿qué cualidad necesita hoy mi vida?». Tal vez el yoga comience precisamente ahí: cuando dejamos de utilizar la esterilla para repetirnos y permitimos que nos devuelva al equilibrio.

EL YOGA SE ADAPTA · 2
Hace unas semanas preparé cuidadosamente una clase de yoga.
Elegí la secuencia, organicé los tiempos y pensé en una progresión que, sobre el papel, tenía sentido.
Pero, al comenzar, observé algo. Una alumna llegaba especialmente cansada. Otra se movía con más cautela de lo habitual. Y el grupo, en general, necesitaba menos exigencia y más tiempo para respirar.
Podía seguir el plan. Estaba bien construido. Era coherente. Y, sin embargo, ya no era la mejor respuesta para las personas que tenía delante.
Así que cambié la clase. Reduje algunos recorridos, introduje apoyos y dejé más espacio entre una postura y la siguiente.
No abandoné el objetivo. Cambié la manera de acercarnos a él.
Y ocurrió algo importante: la clase no perdió profundidad por ser diferente a la que había preparado. La encontró.
Enseñar yoga no consiste únicamente en diseñar una buena secuencia. También consiste en observar lo que sucede cuando esa secuencia entra en contacto con cuerpos reales.
Cuerpos que llegan con una historia, un estado de ánimo, una noche mejor o peor y una necesidad que quizá no estaba escrita en ningún cuaderno.
Planificar es importante. Nos da dirección, estructura y criterio. Pero una planificación no debería convertirse en una orden que el cuerpo tenga que obedecer. Debe ser un punto de partida capaz de dialogar con la realidad.
A veces, la experiencia de un profesor no se reconoce por todo lo que consigue enseñar. Se reconoce por saber qué mantener, qué modificar y qué dejar para otro día.
Porque una buena planificación prepara la clase. Pero una buena observación permite enseñarla.

EL VERDADERO LEGADO DE KRISHNAMACHARYA
Muchas personas abandonan el yoga pensando: «Mi cuerpo no sirve para esto».
Y esa frase debería preocuparnos profundamente a quienes enseñamos.
T. Krishnamacharya fue una de las figuras más influyentes del yoga moderno. Sin embargo, su legado no puede reducirse a un único estilo o a una secuencia determinada.
De su enseñanza surgieron caminos muy diferentes. Pattabhi Jois desarrolló una práctica dinámica y exigente. B. K. S. Iyengar profundizó en la precisión y la alineación. Indra Devi difundió un yoga más suave y accesible. T. K. V. Desikachar continuó una enseñanza individualizada y terapéutica.
¿Cómo pudieron nacer métodos tan distintos de un mismo maestro?
El yoga debe adaptarse a la persona, no la persona al yoga.
Esta afirmación parece sencilla, pero cambia por completo nuestra manera de enseñar.
Una postura no produce el mismo efecto en todos los cuerpos. Su conveniencia depende de la estructura corporal, la movilidad, la estabilidad, la respiración, la edad, la salud, el cansancio, el estado emocional y el momento vital de cada persona.
Por eso, adaptar no significa rebajar la práctica ni hacerla menos rigurosa. Significa hacerla más inteligente.
Adaptar exige saber qué queremos conseguir, por qué elegimos una técnica, para quién puede ser adecuada, cómo debemos introducirla, cuándo necesitamos modificarla y cuándo es mejor no utilizarla.
En mi manera de entender el yoga, la enseñanza comienza antes de realizar la primera postura. Comienza observando.
¿Esta persona necesita más movilidad o más estabilidad? ¿Necesita intensidad o recuperación? ¿Necesita avanzar o volver a confiar en su cuerpo?
Porque el cuerpo no es una materia que el profesor deba moldear hasta conseguir una postura perfecta. Es una historia que merece ser escuchada.
El verdadero progreso no siempre consiste en llegar más lejos. A veces consiste en respirar sin esfuerzo, recuperar un movimiento, disminuir una tensión, sentirse segura o reconciliarse con un cuerpo al que llevamos demasiado tiempo exigiendo.
Tu cuerpo no tiene que demostrar que merece practicar yoga. Es la práctica la que debe demostrar que sabe acompañarte.

LO QUE NOS MUEVE
Victor Hugo escribió sobre algo que todavía no hemos aprendido a hacer del todo: dejar que alguien cambie.
Hay una idea de Los Miserables que lleva días rondándome.
Jean Valjean roba un pan. La justicia lo condena. Cumple su pena. Pero cuando sale de prisión descubre algo quizá más difícil que haber estado encerrado: la condena ha terminado, pero la mirada de los demás no.
Ya no importa demasiado lo que haga después. Ni quién pueda llegar a ser. Para muchos, seguirá siendo el hombre que un día robó.
Y pensé cuánto de aquello sigue existiendo hoy. Ya no llevamos el pasaporte amarillo de Valjean. No hace falta. Tenemos otros.
Una fotografía antigua. Un error. Una opinión desafortunada. Una relación que no salió bien. Un fracaso. Una edad. Una decisión que tomamos cuando éramos otra persona.
A veces basta una página de nuestra historia para que alguien crea haber leído el libro entero.
Y lo inquietante es que también lo hacemos con nosotros mismos. Seguimos castigándonos por personas que ya no somos. Seguimos intentando responder a expectativas que quizá dejaron de pertenecernos hace años.
Seguimos diciéndonos: «Yo no puedo». «Yo siempre he sido así». «A mi edad…». «Esto ya no es para mí».
Y un día comprendí algo a través del yoga. Durante mucho tiempo pensé que practicar consistía en llegar: llegar un poco más lejos, sostener mejor, respirar mejor, dominar el cuerpo.
Con los años he descubierto casi lo contrario. El yoga no me ha enseñado tanto a llegar como a soltar. Soltar la necesidad de demostrar. Soltar la comparación. Soltar incluso una versión antigua de mí cuando ya no me pertenece.
Porque cada vez que entramos en una postura sucede algo extraordinariamente sencillo: el cuerpo que entra hoy en ella no es exactamente el mismo que entró ayer. Y quizá nosotros tampoco.
Por eso Los Miserables me conmueve ahora de una manera diferente. Porque Jean Valjean no es solamente la historia de un hombre que cambia. Es también la historia de lo difícil que resulta para el mundo aceptar que alguien ya no sea quien fue.
Victor Hugo lo escribió en 1862. Nosotros vivimos en el siglo XXI y seguimos archivando a las personas en versiones antiguas de sí mismas.
Tal vez una de las formas más profundas de libertad sea no tener que ser fieles para siempre a quienes fuimos. Ni nosotros. Ni los demás. Quizá eso también sea yoga: aprender, respiración a respiración, a dejar espacio para quien estamos llegando a ser.

YOGA Y VIDA
Hay algo extraño en nuestra forma de descansar: también queremos hacerlo perfectamente.
Esperamos las vacaciones durante meses. Y cuando por fin llegan, aparece una nueva lista invisible.
Hay que viajar. Hay que aprovechar. Hay que conocer sitios. Hay que hacer planes. Hay que disfrutar. Y, por supuesto, hay que volver diciendo: «He desconectado muchísimo».
Pero ¿y si no hemos desconectado nada?
Hace unos días pensé en algo que me inquietó: hemos llevado la cultura de la productividad hasta el descanso.
Queremos exprimir el día de trabajo… y después queremos exprimir también el día libre. Medimos los pasos. Fotografiamos el paisaje. Consultamos mensajes. Organizamos mañana mientras vivimos hoy.
Incluso sentimos cierta culpa si una tarde de vacaciones simplemente no hacemos nada.
El cuerpo se ha ido de vacaciones. Pero la mente sigue fichando.
Como profesora de yoga, llevo años observando algo aparentemente sencillo: a muchas personas les resulta más difícil permanecer quietas unos minutos que realizar una postura exigente.
Y eso dice mucho de nuestra época. Porque parar de verdad significa encontrarnos con algo a lo que estamos poco acostumbrados: un espacio que no necesita ser llenado.
Quizá descansar no sea dormir más. Ni viajar. Ni tener tiempo libre. Quizá descansar sea dejar, durante un rato, de sentir que tenemos que llegar a algún sitio.
No mejorar. No producir. No responder. No demostrar. Ni siquiera «aprovechar». Simplemente estar.
Y entonces aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que preguntar dónde vamos de vacaciones: ¿sabemos todavía estar en un lugar sin necesitar hacer nada con ese momento?
Este verano quiero practicar precisamente eso. No solamente yoga sobre una esterilla. Otro yoga mucho más difícil: el de no tener prisa.
Porque quizá el verdadero descanso no comienza cuando ponemos el mensaje de «fuera de la oficina». Comienza cuando conseguimos poner, aunque sea durante un rato, «fuera de la oficina» también a nuestra mente. Y sospecho que eso no se aprende en vacaciones. Se aprende viviendo.

YOGA EN RUTA
Los aprendizajes que no llegan sobre la esterilla llegan cuando la vida te obliga a vivirlos.
Hace un año creía que amar era sostener. Sostener los problemas. Sostener el miedo. Sostener el cansancio. Sostener una vida que, poco a poco, dejaba de ser también la mía.
Lo hacía desde el amor. Pero también desde una creencia equivocada. Pensaba que querer significaba cargar con más de lo que me correspondía.
Hoy, un año después, escribo estas palabras sentada frente al mar en un pequeño punto del mundo. Después de caminar durante horas por la naturaleza, despliego mi esterilla, respiro y sonrío.
Y me doy cuenta de algo que llevaba años buscando sin saberlo.
El equilibrio nunca consiste en sostener más peso. Consiste en reconocer qué peso ya no te pertenece.
El yoga me lo había enseñado una y otra vez. Ninguna postura encuentra estabilidad desde la tensión. La respiración nunca fluye cuando se fuerza. Y las relaciones tampoco.
Durante mucho tiempo confundí el amor con hacerme imprescindible. Creía que estar siempre era amar más. Que resolver era cuidar. Que soltar era abandonar.
Hoy sé que no. Hoy sigo teniendo el mejor compañero. Seguimos caminando juntos. Pero desde un lugar completamente distinto.
Cada uno sostiene su propia vida. Y precisamente por eso podemos elegir caminar al lado del otro, no cargar con él.
Curiosamente, nunca me había sentido tan libre para querer. Porque entendí que el amor no consiste en perderse en la vida del otro. Consiste en encontrarse a uno mismo… para poder compartir el camino.
Este viaje me ha regalado montañas, senderos y el sonido del mar. Pero el viaje más importante no ha sido el que me ha traído hasta aquí. Ha sido el que, por fin, me ha devuelto a mí.
«A veces el yoga no ocurre sobre una esterilla. Ocurre cuando, por fin, eres capaz de sentarte frente a un río, con un café entre las manos, y sentir que no necesitas estar en ningún otro lugar».
¿Y tú? ¿Cuál ha sido ese aprendizaje que la vida te enseñó mucho antes que cualquier libro o cualquier curso?

LECTURAS PARA UNA VIDA CONSCIENTE
Estos días he vuelto a leer El monje que vendió su Ferrari, de Robin Sharma.
Cuenta la historia de un abogado brillante que, tras sufrir un infarto, decide abandonar una vida de éxito, dinero y reconocimiento para buscar algo que había perdido por el camino: el equilibrio, la serenidad y el sentido de su vida.
Aunque es una novela, plantea una pregunta que creo que todos deberíamos hacernos de vez en cuando:
¿Estamos construyendo una carrera… o una vida?
Con los años he descubierto que el bienestar no aparece cuando todo está resuelto. Se construye cada día, con pequeñas decisiones: respirar antes de reaccionar, cuidar el cuerpo, entrenar la mente y reservar tiempo para lo que de verdad importa.
Como profesora de yoga y como emprendedora, cada vez estoy más convencida de que el verdadero éxito no consiste en acumular más, sino en vivir con más consciencia.
Quizá el mayor lujo no sea conducir un Ferrari.
Quizá sea despertarte cada mañana sintiendo que la vida que estás construyendo está en armonía con quien realmente eres.
¿Has leído este libro? ¿Qué enseñanza te dejó a ti?

YOGA EN RUTA
Hoy, caminando por los Lagos de Covadonga, escuché una conversación que me hizo reflexionar.
Una pareja miraba el mapa buscando una «línea recta» que les indicara el camino junto al lago. Pero la línea recta del mapa no era una línea recta en la realidad. Era el sendero que bordeaba el lago.
Y pensé en cuántas veces hacemos lo mismo en la vida.
Tenemos mapas, instrucciones, planes… pero a veces olvidamos algo esencial: la realidad no siempre sigue la línea que imaginamos.
También me llamó la atención ver cómo llegamos muchas veces a la montaña sin escuchar demasiado al sentido común: sin agua suficiente, con calzado poco adecuado, pensando que porque sea verano todo será sencillo.
Y después, cuando aparece la dificultad, nos sorprendemos.
Quizá nos pasa igual en muchos aspectos de nuestra vida. Esperamos que el camino sea como lo dibujamos, pero no siempre nos preparamos para adaptarnos.
La montaña no es injusta porque haya piedras. La montaña simplemente es.
La pregunta quizá no es: «¿Por qué el camino no es como esperaba?»
¿Tengo la flexibilidad necesaria para recorrer el camino que realmente existe?
Una pequeña reflexión desde Picos de Europa.
Porque quizá vivir mejor no consiste en tener un mapa perfecto. Consiste en aprender a leer la realidad.

YOGA EN RUTA
Cuenta una antigua historia de la India que un sabio preguntó a su maestro: «Maestro, ¿cuál es el camino correcto?»
El maestro guardó silencio durante unos instantes. Después señaló un sendero que desaparecía entre los árboles y respondió:
El camino correcto es aquel que te transforma mientras lo recorres.
Durante mucho tiempo pensé que viajar consistía en descubrir nuevos lugares. Hoy creo que viajar consiste en descubrir nuevas versiones de nosotros mismos.
Por eso, desde hace años, en mi mochila siempre hay un pequeño espacio reservado para una esterilla.
No solo porque necesite practicar yoga cada día, en cada destino, sino porque me recuerda que el bienestar no depende del lugar al que llego, sino de la forma en la que decido habitar ese momento.
Un bosque. Una montaña. Un sendero del norte. El sonido de un río. El silencio de un amanecer.
Hay paisajes que admiramos con los ojos. Y otros que solo podemos descubrir cuando nos detenemos, respiramos… y volvemos a nosotros mismos.
Quizá ese sea el viaje más extraordinario: no el que nos lleva más lejos, sino el que nos devuelve a nuestra verdadera esencia.
Y hoy comienza uno de esos viajes para mí. La mochila ya está preparada. La esterilla también.
No sé qué paisajes encontraré por el camino, pero espero regresar con algo mucho más valioso que fotografías: una mirada más serena, nuevos aprendizajes y la certeza de que, a veces, el mejor destino es el que transforma la forma en la que volvemos.
Vamos al norte…
Nos leemos a la vuelta. Que tengáis un verano lleno de caminos que merezca la pena recorrer.

LECTURAS Y CONSCIENCIA CORPORAL
El cuerpo siempre habla. La pregunta es si todavía sabemos escucharlo.
Esta mañana, antes de comenzar mi práctica, dejé este libro junto a la esterilla. No porque buscara respuestas. Sino porque algunas lecturas tienen la capacidad de hacernos mejores preguntas.
Estoy leyendo Cuerpo consciente, de Denis Criado, y una idea me acompaña desde hace días.
Vivimos en una sociedad que escucha el cuerpo solo cuando deja de funcionar como esperamos. Cuando aparece el dolor. Cuando llega el agotamiento. Cuando el estrés ya no cabe dentro de nosotros.
Pero después de años enseñando yoga, cada vez estoy más convencida de algo.
El cuerpo rara vez empieza gritando.
Primero cambia la respiración. Después desaparece la energía. Dormimos peor. Perdemos claridad. Vivimos con tensión sin darnos cuenta. Y, poco a poco, dejamos de reconocernos.
Quizá el mayor acto de autocuidado no sea hacer más. Ni entrenar más. Ni buscar la rutina perfecta.
Quizá sea recuperar una capacidad que siempre ha estado ahí: escuchar al cuerpo cuando todavía habla en voz baja.
Ese, para mí, es el verdadero significado de la prevención. Y también el motivo por el que sigo aprendiendo cada día.
Gracias, Denis Criado, por inspirar esta reflexión.
¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu cuerpo antes de que te obligara a parar?

YOGA EN RUTA · MI FILOSOFÍA
Creo en un yoga que va mucho más allá de las posturas.
Creo en un yoga que nos ayuda a respirar con más calma, a comprender mejor nuestro cuerpo y a recuperar equilibrio, movilidad y confianza en cualquier etapa de la vida.
Después de más de 25 años de aprendizaje y enseñanza, sigo convencida de que el bienestar no depende de encontrar el lugar perfecto, sino de encontrar el momento para volver a nosotros mismos.
Yoga en Ruta nace con esa filosofía.
Porque, a veces, solo hace falta desplegar una esterilla para transformar cualquier lugar en un espacio de calma.
Frente al mar, bajo un árbol, en una montaña, en un parque o en el rincón más tranquilo de casa… tu esterilla siempre puede convertirse en tu compañera de viaje.
Mi camino une yoga terapéutico, respiración, biomecánica, movimiento consciente y aprendizaje continuo, con una visión profundamente humana del bienestar.
Y, como evolución natural de este recorrido, también estoy desarrollando NOVYWA, un proyecto de salud digital que busca acompañar a las mujeres a comprender mejor su bienestar y tomar decisiones con mayor confianza.
¿Cuál es ese lugar donde, al extender una esterilla, sientes que vuelves a conectar contigo?

CONSTRUYENDO NOVYWA · 1
Hace unos meses tomé una decisión.
Después de muchos años dedicada al yoga y al bienestar, me di cuenta de que quería ir un paso más allá.
Durante este tiempo he acompañado a muchas mujeres. Y había algo que se repetía constantemente.
No era falta de ganas. No era falta de información. Era otra cosa.
La sensación de no saber por dónde empezar. De sentirse saturadas de consejos. De intentar cuidarse sin encontrar un camino claro.
Esa reflexión me llevó a empezar un proyecto muy especial.
Hoy he publicado la primera presentación de NOVYWA.
Una startup que nace con un objetivo muy sencillo: investigar cómo ayudar a las mujeres a tomar mejores decisiones sobre su bienestar utilizando ciencia, tecnología e inteligencia artificial.
Estoy segura de que aprenderé muchísimo durante este camino. Y quiero compartirlo desde el principio.
No solo los aciertos. También las dudas, los aprendizajes y las preguntas que nos iremos haciendo mientras construimos NOVYWA.
Gracias por acompañarme en esta nueva etapa.

FORMACIÓN Y TRAYECTORIA · JUNIO 2026
Nunca dejo de aprender, porque cada persona que confía en mí merece lo mejor de mí.
En junio de 2026 cerré una nueva etapa de formación con el certificado Cadenas Musculares y Emociones, de IntegraFisio, junto a Álex Monasterio y Or Haleluiya.
Este aprendizaje integra biomecánica, fisioterapia, osteopatía y el impacto de las emociones en el cuerpo, enriqueciendo mi trabajo como profesora de yoga.
Cada formación amplía mi forma de comprender el cuerpo humano y también inspira el proyecto en el que estoy trabajando: NOVYWA.
Una startup que nace para acompañar a las mujeres a tomar decisiones más conscientes sobre su bienestar con el apoyo de la ciencia, la tecnología y la experiencia humana.
Seguir aprendiendo es mi forma de cuidar mejor a los demás.
Certificación: Cadenas Musculares y Emociones · 150 horas · recibida en junio de 2026.

CONSTRUYENDO NOVYWA · 2
Hoy he asistido a Alhambra Venture, una jornada muy enriquecedora para conocer proyectos innovadores, compartir experiencias y seguir aprendiendo del ecosistema emprendedor.
Como fundadora de NOVYWA, cada uno de estos encuentros me ayuda a validar ideas, escuchar diferentes perspectivas y seguir construyendo un proyecto con una base sólida.
La innovación nace cuando combinamos evidencia, tecnología y una comprensión profunda de las necesidades reales de las personas.
Me llevo nuevas ideas, conversaciones muy interesantes y, sobre todo, más motivación para continuar desarrollando NOVYWA.
Gracias a la organización y a todas las personas con las que tuve la oportunidad de conversar.
Gracias a mi pareja, José María Predrajas, de Follow Truck, por su apoyo y compromiso siempre.
Seguimos construyendo.
CLASES · PROYECTOS · COLABORACIONES
Clases online, sesiones presenciales en Granada y colaboraciones con espacios de bienestar, turismo y salud.